Madre: en tu útero escribes el futuro de tu hijo.

Durante mucho tiempo se ha pensado que las emociones y pensamientos de las madres gestantes no influían para nada en el desarrollo del feto. Hoy se sabe, sin embargo, que no sólo influyen decisivamente sino que pueden marcar el futuro del bebé para toda la vida. Al punto de que muchas de las dolencias que sufra siendo adulto pueden tener su origen en algo que le impactó estando en el útero de la madre.
¿QUÉ SIENTE EL EMBRIÓN?
Próximo está todavía el tiempo en que la Medicina concebía al embrión humano algo así como un tumor benigno que se iba formando pasivamente en el interior de la madre y que ésta, transcurridos nueve meses, expulsaría con más o menos esfuerzo y dolor pero sin otras consecuencias, salvo complicaciones que siempre se consideraba eran debidas a causas ajenas a la actitud emocional de la madre ante el futuro hijo. Pero no es así. Y esto empieza a saberlo ya la Medicina convencional. La experiencia muestra es que el embrión humano -en su fase intrauterina y de nacimiento- recorre unos estadios de percepción que pueden explicarse como sigue. El primer estadio de percepción corresponde a la fase inicial embrionaria, en la que el embrión se encuentra en un estado especial de ensoñación que le mantiene en sintonía total con la madre. Y esto sin defensas. O sea, que cuanto goza o sufre la madre lo goza o sufre el embrión y lo goza o sufre sin poderlo evitar y como si fuera algo suyo. Algo que le llega de sí mismo. Si bien lo goza o sufre a un nivel sensorial. Aún antes de que se forme el sistema nervioso hay ya comunicación intercelular. Así, las células del embrión secretan reguladores paracrinos que facilitan información e instrucciones a las células vecinas. Existe ya una especie de memoria celular. Además, es ya dentro del primer mes de gestación cuando empieza a formarse el sistema nervioso y los nervios periféricos.

En este primer estadio de percepción, que se extiende sólo unas pocas semanas a partir de la concepción, es cuando se encuentra con el primer gran daño o la primera gran gratificación y eso va a marcar a fuego al futuro bebé. Y ese daño o gratificación es la carga emotiva que lanza la madre al saberse embarazada. Si recibe la noticia como algo no deseado y mantiene esa actitud durante un tiempo, ese rechazo llega al embrión como un impulso de muerte, como algo que se opone a su proceso de crecimiento, como una amenaza. Es el primer sufrimiento de una vida que quiere nacer. Si bien no se debe dramatizar porque esto es perfectamente superable.
¿QUÉ PIENSA Y SIENTE EL EMBRIO-FETO?
El segundo estadio de percepción incluye la época de madurez embrionaria y también los inicios de la época fetal, en la que el cerebro muestra ya una estructura con circunvalaciones. Este estadio corresponde, por tanto, a una percepción simbólica ya estructurada mitológicamente. Aclaro que esa simbología, que es una simbología arquetípica, es el idioma consustancial al feto. Sigue siendo, por tanto, una percepción sin Yo, sin focalización personal, abierta en consecuencia a todos los impactos, especialmente a los emotivos procedentes de la madre, con la que se mantiene, como en el primer estadio de percepción, en una simbiosis total. Y no olvidemos que simbiosis no significa que el cerebro del bebé sea el de la madre sino la existencia ya de dos cerebros, cada uno de ellos con capacidad para recibir y almacenar información; sólo que en ese trasvase de información el sistema nervioso del feto sigue siendo básicamente receptivo, con una receptividad subjetiva que globaliza todo impacto como si el impacto fuera Él. Así, el feto escribe en su sistema nervioso, en sus células, en su cuerpo todo, cuanto emotivamente la madre lleva escrito y cuanto la madre va escribiendo en su mente. La madre transmite incluso al feto sus sueños altamente emotivos. Y el feto los recibe con la misma fuerza que si fuera algo real. Así, pensar recurrente y seriamente en abortar es tan real para el feto como si esa misma madre se sometiera a un auténtico aborto.En este segundo estadio, si la madre que vive con tristeza, irritación, estrés, o peleas -especialmente las peleas con gritos-, etc., transmite esos sentimientos al feto, que los recibe como suyos. Y que los recibe emocional y físicamente porque una madre triste destila tristeza hormonal y porque una madre que se tensa somete al feto a una presión física insoportable. Y el feto, ese durmiente lúcido, se esfuerza con pies y manos en defenderse del cinturón de dolor que le oprime. Y así, ese peligro de "ahogo" por presión física y emocional procedente de la madre es para el feto un naufragio en el océano amniótico de su claustro materno.

No olvidemos que los símbolos primigenios elaborados por los ritmos cerebrales lentos -los ritmos rápidos beta, los de vigilia, todavía no han surgido o no han madurado en el feto- son el soporte en que se sustenta nuestra vida adulta. Así, la visión y sentimiento del Paraíso es un útero gratificante cargado de endorfinas. En tanto que el nacimiento lo vivenciamos como un surgir a un mundo nuevo, inhóspito, un mundo que nos agrede y que en consecuencia exige nos defendamos de él.
¿QUÉ PIENSA Y SIENTE EL FETO?
El tercer y último estadio intrauterino de percepción se inicia entre el cuarto y sexto mes, momento en que el feto posee un cerebro totalmente estructurado neuralmente y momento ya -en el sexto mes- en que prácticamente podría sobrevivir si naciera. En este estadio, que podemos extender hasta el nacimiento e, incluso, hasta la época pre-verbal, la percepción se caracteriza por la existencia ya de intensos trenes de ondas cerebrales theta, un ritmo cerebral éste que se caracteriza por su alta emotividad y no menos alta creatividad. Se trata, por tanto, de una percepción analógica -o sea, que establece las relaciones por semejanza, de manera que -por dar un ejemplo fácil de comprender- si un niño rechaza a su padre porque le ha pegado se sentirá impelido también a rechazar a cuantos hombres tengan las manos similares a las de su padre. Será, insisto, una percepción analógica, pero en la que la conciencia muestra ya una notoria focalización. O sea, el proceso de singularización que acabará en la formación de un Yo, es ya más individualizado y, así, el sentimiento de no amor que era sólo sensación cuando se sintió rechazado en el primer estadio ahora toma connotaciones más personales y, según hayan sido los impactos negativos recibidos en su proceso de gestación, ese no amor puede ser sentimiento de rechazo pero también de abandono de o cualquier otro análogo a éstos.No olvidemos que tan sólo al culminar el cuarto estadio de percepción -o sea, entre los siete y doce años- el niño ha alcanzado ritmos cerebrales beta maduros, que son los ritmos de vigilia, los que nos caracterizan y permiten discernir.

O sea, en los tres primeros estadios de percepción el embrión o el feto sufre o goza los impactos que les llegan de la madre, pero aun sufriéndolos no sabe discernir el porqué de esos impactos ni si le pertenecen o no. Y esto es tan notorio que en la terapia uno de los problemas con más resistencia a la curación es el adulto que ha tenido una gestación teñida por un continuado sentimiento negativo de la madre; por ejemplo, la tristeza crónica de ésta, el desamor hacia el feto o, incluso, la indiferencia hacia éste. Porque, en definitiva, todo se reduce a una no comunicación o a una mala comunicación entre la madre y el fruto que está gestando ya que en estos casos el feto -que carece de la capacidad de discernir, o sea, de comprender qué está ocurriendo- une a su unión con la madre -sin poderla enjuiciar, como si fuera algo consubstancial a sí mismo- esa tristeza, desamor, etc. que está recibiendo. De manera que si el sentimiento que recibe es concretamente de desamor, ese sentimiento lo seguirá viviendo, ya nacido, y creerá recibirlo de cuantas personas sean, actúen, etc. de forma análoga a su madre. Es decir, no necesariamente creerá recibirlo de su madre. A ella la justificará porque necesita -para sobrevivir- una buena -o por lo menos soportable- identificación materna.
Pues bien, aun cuando en la terapia el paciente llega a la comprensión de que ese daño lo ha recibido de su madre, aun así se resiste a abandonar ese sentimiento patológico de desamor porque entiende en principio -aunque no conscientemente- que renunciar a ese sentimiento es renunciar a su madre. Y todo humano, para poder vivir, necesita la existencia introyectada de su madre, aun cuando esa imagen le enferme.

UN MAL ÚTERO ES CASI SIEMPRE CAUSA DE UN MAL NACIMIENTO
Y no olvidemos que un mal útero es casi inevitablemente causa de un mal nacimiento. Porque, en definitiva, el nacimiento forma parte también de la gestación. Son un mismo hecho. Al igual que, si miramos desde la altura, se hace patente también que río y mar son una misma cosa, algo totalmente unido. No puede haber río sin un lugar en que verter las aguas que el río lleva.Y así, el nacimiento es ese entrar en el mar de una nueva vida, sólo que entramos en ella con el sentimiento de haber perdido otra anterior, de haber muerto a algo previo. Al igual que un día -y eso es una analogía- es de creer que desembocaremos también en otro mar, si bien para eso tendremos que morir a esta vida, a esta nuestra actual percepción cerebral de vigilia. O sea, a lo que ahora llamamos vida. Creo que con cuanto antecede se habrá hecho claro por qué al empezar este artículo he afirmado la gran responsabilidad que comporta la maternidad. Y por qué he situado en segundo lugar la responsabilidad paterna.
Afortunadamente para toda mujer, ellas son las que albergan en su seno el más preciado de los frutos. Para ellas es el goce de sentir bullir la vida en su interior pero para ellas es también - no toda, pero sí casi toda- la responsabilidad de que ese fruto sea especialmente sano, inteligente y hermoso.

 

 


Joaquín Grau